Poema Cementerio De Nadas de Dolors Alberola
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Poema Cementerio De Nadas de Dolors Alberola
I
Ya hemos vuelto de nuevo al invierno de la lluvia.
Tocamos la gran piedra y su alquimia
nos redujo a cenizas.
De nada sirve, pues, la espesa tundra
de pensamientos firmes que tuvimos.
Hemos bajado al cĂĄlculo, nosotros,
los que erigimos torres
y fingimos silencios previamente.
Nuestras manos comienzan a diluirse, empero,
no quedĂł ningĂșn verso capaz de pervivirnos.
Hemos vuelto al silencio,
al oscuro exactĂsimo que nadie deseamos.
Las gacelas no vierten sus mĂĄs ligeros pasos
y hace un frĂo de vidrio que penetra los huesos.
De regreso al lugar donde nos sobra el nombre,
nosotros, los oscuros, no tenemos ya tiempo.
Los hijos, espantados, huyeron tercamente
y sĂłlo somos miedo en las horas nocturnas.
Hemos vuelto a verter, entre la falda
pĂștrida de la tierra, nuestras viejas pasiones.
AquĂ yacen ahora los mĂĄs deseados pechos,
las narices perfectas de algĂșn actor de moda,
los pinceles secretos que guardara el pintor
mĂĄs dentro de sus ojos,
la moral predilecta de algĂșn hijo de Dios
cuyo hĂĄbito podrido nos muestra los girones
de la ambigua materia.
Aquà se desparraman niños,
vaginas no tocadas convierten en caminos
de larvas su pureza,
se desafora el pĂĄnico de no ser mĂĄs besado,
se diluye la fe
como en un territorio de dioses pequeñĂsimos
que corroen la carne, impunemente.
Hemos vuelto de nuevo al jardĂn del invierno
a convertirnos tercos en suicidas rosales.
Si existe el jardinero que cuide nuestros tallos
habrĂĄ llegado tarde,
la nieve de la duda ahogĂł todos los cĂĄlices
y en el lugar secreto de la corola muerta
flotan lĂĄgrimas frĂas.
II
Le singulier aspect de cette solitude
Et dÂŽun grand portrait langoureux,
Aux yeux provocateurs comme son attitude,
RévÚle un amour ténébreux,
Une coupable joie et des fĂȘtes Ă©tranges
Pleines de baisers infernaux,
Dont se réjouissait l?essaim des mauvais anges
Nageant dans les plis des rideaux;
La muerte de la paz o la paloma abierta.
La historia derramada o el silencio.
El chico que muriĂł, aplastado en el Yemen,
cuando el civil surgĂa de otro pĂĄnico.
El parricida austero que matara a la madre,
la idea de la madre, truculenta,
en un charco de sangre.
Esa columba livia del destino.
Aalto, Alvar
En la Maison Carrée, tras el espejo.
Diego Abad de SantillĂĄn
Rebelado y final contra el gobierno de la muerte.
JoaquĂn Abarca
Desterrado a los cielos en mil ochocientos cuarenta y cuatro.
Abd el-Kader
Derrotado en Damasco.
Cementerios de arena, los nombres confundidos,
intercalados, puestos ante las flores,
tenebrosos y oscuros de los muertos.
Incontables, putrefactos, los sueños.
Extrañas sementeras donde crece
la flor bilis del pĂĄnico.
Los cuerpos, macerados, disueltos en vitrales,
con la vida mirando hacia el azogue.
Ordóñez de Montalvo
Cabalga hacia la muerte como AmadĂs de Gaula.
Periandro de Corinto
Balbuceando, tirano, entre lo oculto.
Pericles de Jantipo
Arrasado por fuegos interiores.
Harrison Salisbury
Contradiciendo aĂșn la guerra frĂa…
Und plötzlich in diesem mĂŒhsamen Nirgends, plötzlich
die unsÀgliche Stelle, wo sich das reine Zuwenig
unbegreiflich verwandelt-, umspringt
in jenes leere Zuviel.
Wo die vielstellige Rechnung
zahlenlos aufgeth.



