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Poema Alondras Que Mueren Deslumbradas (i) (el Cazador…) de Jorge Fernández Granados



El cazador sabe el truco para apresar a las alondras:
Cubre una mediana esfera con espejos y la sostiene
de la rama más alta de un árbol. Cuando la luz la toca
la esfera es una flor de agujas luminosas y somete
la borrosa voluntad, el fuego sutil de las alondras.
Entonces el cazador hace un hábil uso de las redes
y el ave cae. Muy pocas veces el artificio fracasa.
su fina pasión por la luz quiere que mueran deslumbradas.



Poema Montsalvat (fragmentos) de Jorge Fernández Granados



Sobre un acantilado las águilas guardan Montsalvat,
la cúspide en ruinas que alojaron los muros del castillo.
Ahora sólo el viento punza la sinfonía del eco y habla
contando la leyenda a las nieves latinas de los riscos.
La luna encumbra su vórtice de emblemas sobre el alcázar
y tensa los hilos del telar donde escapaba su frío,
junto al pecho iluminado por la ofrenda de otro regreso,
rumbo a la soledad, cuya pureza prometía el encuentro.

*

No es la tumba otra nieve que la blanquísima
de los templos
donde el cruzado atormentó la esclavitud de su corona
y el dolor descifró una vez la oposición de los espejos.
Es el trovador el que sangra de las muertes la amorosa
de su ermitaño laúd junto al tribunal del forastero.
No hay canción para el amor de provenzales, ni su derrota
sobre el campo de batalla igualará el mármol de sus almas.
Gobernarán la frente, luz de tus anillos, Montsalvat.

*

¿Existieron las batallas bajo este polvo que se pierde,
donde la tierra es el filamento que respira la furia?
Veo tus pies marcados por el alba de un fuego que me advierte
la edad terrible del amor que en otros me conjuga.
Háblame de las armas que se apagaron bajo la nieve,
del número celeste de los perdidos bajo las cúpulas.
Celebra junto a mí el tamaño final de tu desastre.
Amarga en esta boca el diálogo fecundo de tu sangre.

*

Veo en tu fascinación los ojos elípticos del ópalo.
Duran en mi llaga los diamantes hechos polvo y espacio,
sentencia, vestigio, cantiga de amianto donde el escombro
de tu increada heredad es la víspera de los estragos
que estallan sobre la cal de una profecía sobre el polvo
con la inventada avidez de mi mano sin dueño, buscando
la luna que todavía no está en la boca del regreso,
aquella que pernocta en la ceniza sus mendigos hechos.

*

¿Dónde estuviste que olvide tu nombre cuando entré a las llamas?
¿Había sido tu oficio de borrar lugares, de ver
la vestidura fugitiva de la nieve en las palabras?
Por un instante recordé tus ojos y al morir te amé.
El hombro de mi alma en el umbral de la puerta te tocaba.
Criatura de tu mar, soñé la cifra que fundó mi sed.
Quizá la sangre pide luz para su sombra, pide fruto
para emprender el largo retorno a su originario mundo.

*

Llévame donde el sueño desfloró una cárcel de palabras.
Búscame en la herida fugaz de los granizos de noviembre.
Por cada estrella que murió de frío, arderá mi casa,
y por el lecho donde el guerrero halló virgen a la muerte
volveré con las huellas de mi aldea para fundar el alma.
Seremos el agua que en su viaje fue el sello de tu frente,
la nube fúnebre de lluvia formidable o el aliento
del nombre más pequeño en la asombrada boca del viajero.

*

Pero tuvo precio tu cabeza entre todos los ladrones
porque supiste andar con el dolor que ardió con su sentencia
sin ganarle más monedas a aquel poder de los traidores.
Condenaste los coros de quienes toman perdón y tregua
los vencidos de antemano por el rumor de los azotes.
Diez nunca serán uno en la final miseria de sus lenguas
que callarán su fe, que humillados verán su cobardía.
Si tuvieron precio las hazañas, también serán medidas.

*

Hay un vino que refresca a quienes abrazan el combate,
el alto sabor en el que navega la pelea del alma.
Aprender el oficio de morir nos da la vida, el arte.
Los costados de la paz son islas que nunca nos abarcan,
territorios efímeros donde pasamos al ultraje.
¿Quién no tiene tus cicatrices que le recorren la espalda
como un mapa milenario donde se recuerdan los dones,
apenas un saber que sabe cada cosa por su nombre?



Poema El Relámpago Y El Mar (iv) Dios, Agazapado… de Jorge Fernández Granados



Dios, agazapado en el accidente nómada del juego,
se disuelve mudo y huraño en su profana contingencia,
ronda los escondrijos matemáticos y asalta el rezo
como un puro duende legendario que ríe sin respuesta,
un anacoreta menor de los desvelos en el vértigo
de los químicos vocablos que balbucearon las estrellas.
Porque este inumerable Ser sin coordenadas está ileso
de toda dimensión, es una espesa ausencia de silencios.



Poema Alondras Que Mueren Deslumbradas (i)quizá No Hay Más… de Jorge Fernández Granados



Quizá no hay más amor del que cabe una noche entre la manos
Quizá un hombre y una mujer jamás llegan juntos al cielo.
Son el oleaje y musgo que le pega plumas a sus brazos,
apenas plumas de furia que se deshacen en el viento.
Quizá en el invierno el amor es un lecho mutuo y dos platos,
el alma colgada a secar en el balcón de los silencios
donde se roba y se recibe la agria leche del escarnio,
derribados por el gran polvo de la tierra y de los años.



Poema Alondras Que Mueren Deslumbradas (i)cuando Inabarcable… de Jorge Fernández Granados



Cuando inabarcable tu voz se cumple como el primer día
no es palabra esa voz, no tiene rostro de oscilante esfinge:
es turbulencia coloidal de apetitosas llamas químicas,
masa de lo mutante en su amargor confuso que repite
la selva de sus vivientes aguaceros, las desvalidas
formas de su vértigo y el pasmo del tacto que las ciñe.
De cuerpos se llena la muerte, de un helado beso el río
nos funde eternizados: figura, danza, humedad, olvido.



Poema Alondras Que Mueren Deslumbradas (i)¿a Dónde Voy… de Jorge Fernández Granados



¿A dónde voy entonces sino a ti placer, a ti morir?
¿A dónde lleva lo más profundo que esconde mi desear?
Si la llama al arder consume, el instante que recogí
del árbol de la vida el simple fruto de la muerte da.
¿Qué salvación espera en el cauterio del otro dormir,
en esta errancia fantasmal de los sentidos, qué lugar
es la amarga raíz del calor y el canto? ¿Y qué otra certeza
tuviera de mí sino es este deseo, que muda y tiembla?



Poema Alondras Que Mueren Deslumbradas (i) Un Esplendor… de Jorge Fernández Granados



Un esplendor oscuro bajo el deleite de profanarte
esta noche de cristales de algún fulgor desamparado
sobre la súbita espesura de tu más profunda carne.
La inocencia es el licor que, sorbo a sorbo, embruja las manos
sin otro ultraje que el más profano silencio de buscarte.
Una misma pasión de hervorosos tigres de luz y mármol
cazando en el fino fermento de la luna una oración
que nos da, grávidos de muerte, su pureza más atroz.



Poema Alondras Que Mueren Deslumbradas (i) Tu Breve Chispa… de Jorge Fernández Granados



Tu breve chispa de eternidad tiene apetito de sombras.
Escala la fuerza un torbellino entre cálidas cinturas.
Acorta el encuentro de epitafios insensatos. Remoja
el jade limpio de tus ojos. Anochece las hechuras
que el fuego labró en los decisivos escombros de tu boca.
Sobre el sudario del instante el amor vuelca sus espumas.
Mañana el fulgor de otra tibieza será la bienvenida.
Mañana otra ciudad de viento moverá nuestras cenizas.



Poema Alondras Que Mueren Deslumbradas (i) Sucesos… de Jorge Fernández Granados



Sucesos de este mínimo buscar donde reconocemos
lo oscuro del calor, el canto de las formas acopladas,
el énfasis del ritmo, la curva arenosa de los cuerpos
reptando con su pálido sabor de ofrendas mutiladas.
Grotescas gemas más allá del mundo, más allá del eco,
centrífugas aguas de la aniquilación y la cascada,
turbulencia azul donde la razón se ausenta y se arrodilla
a este instinto sucesivo, gota en la miel de la caída.



Poema Alondras Que Mueren Deslumbradas (i) Soliloquio… de Jorge Fernández Granados



Soliloquio del amor en su espejo doble de pupilas.
Ella es la tierra tejida en rúbrica espiral de raíces.
Él es el viento y sus inacabables potros de conquista.
Mueve el follaje de sus manos el chisporrotear de estirpes
aún dormitantes en la bronca sed de sus propias semillas.
Los espectros amantes son estatuas que el mar no distingue.
Su beso es sucesión de un sueño rodado en líneas de arena,
una playa donde Dios olvidó sus húmedas siluetas.



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