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Poema Sábado A Mediodía de Alvaro Urtecho



Azorado, ceñido el corazón a sus imágenes,
frente al intenso resplandor del sol
que se endurece entre el tejado de zinc
y los cables del alumbrado público,
piensa en la ciudad en que ahora vive
y se sabe, como en todas, extranjero.
piensa en la lentitud del mundo,
y las cosas rotundas que ha visto.
Símbolos, seres, signos. Todo tan real:
el paso de los años, el rito de los hijos
enterrando a sus padres, tántos
cuerpos amados, sus bocas olvidades,
la dulzura del niño perdido, el fragor,
el oscuro designio, la incandescencia
Reclama un horizonte que no lo petrifique,
una patria florida y generosa que dé amor
a sus hijos, un color, un movimiento
para la imaginación.
Cree que hay un lugar
donde él iría, un oculto lugar en un bosque,
Se siente allí, se imagina una senda esencial:
una cierta vereda con muy pocas figuras
en la bruma lechosa, un breve cementerio,
una fronda cercana de ondulados rumores
y ladridos y voces y campanas fluyendo
de otros tiempos como sangre…
Se sabe
tenebroso, es cierto y siente
como le crece por dentro la condena.



Poema Lázaro de Alvaro Urtecho



El seco estrépito
de un repentino alzarse de palomas
estremeció mis pasos.

Fue como si algo
se me escapará de la carne,
sorprendida su raíz.

Como si al muerto que guardo
le levantaran la losa y por el mundo
caminara ya sin nada entre las manos.



Poema Ámbito de Alvaro Urtecho



Palacios abandonados:
una ráfaga escabrosa de tiempo
pasa por ellos: un hálito de ausencia,
una explosión de pétrea melancolía.
Y sin embargo están allí:
con sus muros altísimos
y sus vastos recintos dispuestos
para la escena sublime
del ritual desplegándose frente
a la pregunta permanente
de los ojos humanos, ¡ceremonias,
rituales de la grandeza y el asombro!
Entrada y fuga precipitada
de aves agoreras,
cenizas y fantasmas de príncipes,
emperadores y reyes
con sus voces borradas como ríos secados
copas de vino denso y arpas
de sonido recatado en la sombra.
Flautas de aurífero gorjeo.
Pergamino de bordes carcomidos.
Palimpsestos de inscripciones cifradas.
Cofres de sellados fulgores.
Sarcófagos impenitentes.
Palacios abandonados
por siervos y señores, vencidos y vencedores.
Historia cerrada y abierta,
descubierta y redescubierta,
encontrada y reencontrada
hasta la sordamente imprevista
consumación de los siglos.





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