Poema Diez Años Antes O Después de Roger Wolfe

Viernes, marzo 14th, 2003



the imposibility of being human…
Ch. Bukowski

Releyendo
10 años después
El árbol de la ciencia
Me pregunto
-entre otras cosas
porque no lo sé-
si este magistral desharrapado
conoció a ese otro
Doctor de los Infiernos
que fue Céline.
Descarriados hijos
de una gran familia
de balas perdidas en el eco
canalla
de los siglos:
Villon considerando
el peso
de su propio culo
la víspera de su frustrada
ejecución;
Dostoyevski
asesinando a Dios;
Baudelaire
copulando con las cenizas
de Satán;
Céline prendiendo fuego
a los nueve caminos de la perdición
en el hipocentro de la noche;
Baroja escupiendo los gargajos
verdes
de su asco por la página…
Voces cuya cólera enronquecida
reverbera
con un odio más intenso y puro
que la metafísica
en la orgiástica y brutal marea
de este baile de locos,
posesos anunciando
entre grotesco giro y absurda reverencia
el final de una historia
que nunca debió comenzar.

(De :Arde Babilonia)



Poema Café Y Cigarrillos de Roger Wolfe

Viernes, marzo 14th, 2003



Salgo del trabajo. Los huesos, el cuerpo entero
dulcemente dolorido, como -a veces-
después de un polvo de los buenos.
La luna, sajada en dos pedazos, me recuerda
el ojo ese famoso de Buñuel,
asomada un tanto tenebrosamente
por encima de los árboles.
El coche no me arranca. El parabrisas
es una roca enorme y congelada.
Así que vuelvo a casa andando,
velado el claqueteo de mis pasos
por la luna, la cabeza
llena de café caliente y cigarrillos.
Llego al portal y me detengo,
soplándome en las manos, bajo
el arco de luz que proyecta la ventana
sobre el hielo, la hierba sucia y abrasada.
Y al otro lado de esa luz te encuentras tú.

Y es que un hombre necesita en esta vida
otras cosas que no sean
lunas surrealistas, coches, oscuras
películas de Luis Buñuel.



Poema A Ninguna Parte de Roger Wolfe

Viernes, marzo 14th, 2003



Los pensionistas hablan de trombosis
en los autobuses
o aguardan el final
en los bancos de los parques públicos
entre mierda de palomas y jeringas
ensangrentadas,
o me paran en la calle
ante escaparates llenos de electrodomésticos
para preguntarme la hora
e interesarse por la raza de mi perro.
Son las cinco de la tarde y todo
en la ciudad apesta a muerte.
Sé que es inútil. Llegar a casa,
ponerme aquí delante y redactar
quince o veinte líneas, qué más da,
esta especie de salvoconducto
a ninguna parte.



Poema Viaje de Rogelio Sinán

Viernes, marzo 14th, 2003



Las nubes -escolares
de escuela elemental-
han tomado sus libros
de luz y se van…

El caballo del viento
las conduce
sobre su lomo tierno.

¡Ya se van! ¡Ea! ¡Ea!
Y ¡adiós! les van diciendo
con sus pañuelos de humo
las chimeneas…



Poema Su Forma Sobre El Agua de Rogelio Sinán

Viernes, marzo 14th, 2003



A la hora equidistante del pez amanecido
con la primera espuma de la mañana, flota,
como un presentimiento de bostezo salino,
su forma sin aristas, deshilachada, fofa.
Flota, digo, la niebla, crispada de ladridos,
amarrando en las jarcias elásticas gaviotas.
Y, al recoger el hombre su red, semidormido,
quizá tema al espectro que va sobre las olas.



Poema Soledad de Rogelio Sinán

Viernes, marzo 14th, 2003



Traje a ti
mi soledad
para que
le dieras alma.
Pero la dajaste sola
en el camino,
¡qué sola
dejaste mi soledad!…

(¡Pensar que la traje a ti
para que le dieras alma!)



Poema Mancha De Sol de Rogelio Sinán

Viernes, marzo 14th, 2003



Campo traviesa, cansada,
con el hijo en el cuadril,
la moza va hacia el lejano
cuchitril.

El sol coloca en los árboles
sus moneditas de oro.
Y el niño suelta la fuente
de su lloro…

La rapaza saca el seno
rozagante a se lo dar…
El niño bebe. Ella ríe.
Y echa a andar…



Poema Frescura de Rogelio Sinán

Viernes, marzo 14th, 2003



Se burlaba el surtidor
-¡la risa casi lo ahogaba!-
porque la lluvia bajaba
y él la devolvía al Señor…



Poema Balada Del Seno Desnudo de Rogelio Sinán

Viernes, marzo 14th, 2003



¡Mangos!… ¡Mira!… ¡Tantos!…
¡Oh!… ¡Uno maduro!…
(¡Dio un salto… y salióse
su seno, desnudo!)

¡Yo salté del árbol!
¡Upa!… ¡Tan!… (¡Qué rudo!)
¡Por mirar de cerca
su seno desnudo!

¡Me miró asustada!
¡Cubrió… lo que pudo
y… huyó…! ¿Qué robaba?
¡Su seno desnudo!

Lejana…, lejana…
me envío su saludo.
(¡Yo seguía mirando
su seno desnudo!)

¡Perfume silvestre
de mangos maduros!,
¿por qué me recuerdas
su seno desnudo?…



Poema Tratado De La Noche de Rogelio Saunders

Viernes, marzo 14th, 2003



Ahora debía
yo también
comerme una manzana,
si hubiera estado
a solas conmigo mismo,
visto ya
lo que no debía verse,
esto y aquello
oculto durante años,
y nada fue
tan sobrio,
pero seguía siendo oscuro.
El patio asolado,
el ave
en el ventanuco.
Ninguna desesperación.
Ningún
canturreo agónico.
Sólo
la lenta letanía
y el infinito fin.

Que alguien
reclame lo que fue
devuelto.
Alguien ya sin odio,
sin gesto.
Selva sin espesura.
Y diga: Ah, Ossip, querido
así que tú
también querías una
segunda
oportunidad
?
entre dos trenes veloces.

El ojo se desplaza
como una oscura nube.
No hay noche.
El mediodía
neurótico
ancla en lo mejor de las cícladas
como un brazo retorcido.
Una música renuente.
Nada canta.
Hay un olor seco.
Un goteo sin pasto.
Lo sordo
y lo sórdido
nunca han estado tan cerca.
Abandona ese espejo ?dice la cabeza
al ojo coriáceo
como un huevo.
Ojo sin lucha.
Si el cerebro silbara
abandonado,
con células de polvo,
yo también dejaría el viejo
y alucinante
cuarto de baño,
el cadáver de hilo,
la absurda peluca
machacada
de cóncavo reflejo.
Es la llamada a lo lejos,
indescifrable
y el aún más incomprensible
movimiento.
Iteración y ayuda. El ojo
que llega tarde
y es golpe de sangre,
borroso cuadrado,
ausencia, perfil.
La voz a contracorriente
de la poesía.
Caliente
como la mirada
del que va a morir.
En la risa, oír
la imposibilidad
de la risa.
En la poesía,
la no poesía.
Sentirla
en el canto rabioso.
El corazón oscuro
en la palpitación
adolescente.
El infuturo
sonido de agua
de los pasos elásticos,
como señales
en la calle en plena
luz del día.
Asomo la cabeza y veo
cabezas repetidas.
Mil cabezas otras
en mi propia cabeza.
Cabezas borradoras.
Altas cabezas
de mudo cartón,
y el
centro
resonante y
ausente.
Mi rostro comido
como la vieja manzana.
Ávida
mente masticado
entre dos trenes veloces.
El frío detenerse
de las torres.
La vibración
obscena
de los túneles.
El sueño sin origen
de las campanas.
Todo se encierra en la mano
que abarca el ojo.
La madrugada
retrocede.
La intensidad
del silencio
borra el pelo y los ojos,
la lenta cacería,
los signos urbanos.
La historia se revela
como no transcurso.
A un lado,
como una fórmula,
fluyo.
Soy tu boca,
la promesa no dicha.
Lo que cae
sin acaecimiento,
sin mudez ni obra,
sin cólera, sin dubito.
El ojo
del paseante,
ojo sin amor,
cae
como una barbilla.
No hay persecución.
Sólo
risa quejumbrosa,
sordo golpeteo.
Las farolas histéricas
estridulan como serpentines
al paso del oro.
Cien trenes en la noche
subdividen el ojo
furioso
del perro,
su odio aprendido,
su estéril
innoble bamboleo.
La adolescente de pesadas
piernas, de rítmico
antirritmo, de pausado
paso de glándulas dormidas,
recorre interminables calles invisibles
como un espíritu despertado
por un ansia
imposible de recordar,
isla del deseo en el fractáneo
mar concéntrico de leche
que no devuelve ni gira,
no desplaza ni ondula,
pálido e incesante como el odio.
Huérfana de toda señal,
la cabeza
congenia con el pasto
cívico que anula
la mirada, y sentencia
todo sueño.
Volver en tren
cuando todo está muerto.
Muerta
la escritura, y la mano
que entrevió
el dudoso
yo, la conciencia
que adivinó, y el ascua
mojada ya, y con un
esfuerzo
sobre
humano,
vecino del oficio
del clown,
jugó a tocar el mohoso
pero instantáneo, insoslayable
filo, y entonces
en esa
muerte común,
en ese
fasto o prodigio
del útero imparcial,
ver, no poder
dejar de ver, con
asentimiento lúcido,
con perfecto
equilibrio entre
perceptio y pathos,
el infinito camino pedregoso,
la boca
palpitando en la arena,
el alto
muro de juegos ajeno
al forcejeo erudito,
a la trama del fuego.
El ojo absorto en el ojo,
ojo-sol, ojo-saludo,
y el sonido
¿último?
de la tecla polvorienta.
El vigor que
cae
(o se anula)
en un vasto silencio
hecho
de rostros hinchados,
la manzana, arriba
como un
imposible
sol, y la
negra luz entrando
como un río en el túnel
del tren dentro del túnel
de la
noche,
mientras se eleva
como una
infinita
risa
sin rostro
el aullido incesante.



« Página anterior | Página siguiente »


Políticas de Privacidad