poemas vida obra m




Poema Muro De Berlín de Sergio Badilla



Hubo muchos que ni siquiera esperaron que me fuera
aves rapaces buitres de mala muerte
entraban y salían de las habitaciones apropiándose de mis cosas
mis escasos libros mis viejas corbatas mi chaqueta de paño inglés
Te guiñé un ojo al pasar y tú te sentiste claramente ufana
el rey se había muerto y el templo tenía las puertas derribadas
alguien destruía la validez del calendario

Allí paseábamos antes de la mano por la plaza pública
Lo había dicho, como si fuera un esmirriado slogan
un ridículo cartel de frontera
los hijos se quedan en casa
El mundo estaba bajo llave como si nada
las ojivas nucleares la Convención de Ginebra
la política de los teléfonos rojos
todo el polvo se barrió bajo la alfombra

Yo tampoco me arrepiento de haber amado en esos días
mis homenajes fueron antiguos humanos cándidos
Una misma moneda que tiene y tendrá dos caras la historia y la barbarie
los textos son ambiguos los burócratas irresponsables
Huelga establecer los límites memoriales ante la nada
la verdad es una refutación kantiana
los poderes se anulan como si fueran una ecuación matemática
que cambian su coeficiente

¿quiénes de los viejos quedan en las oscuras habitaciones del palacio?
¿a quién tributo el murmullo de esta época entonces?
ya no hay lumbres en las antorchas
el fuego se ha agotado hace tiempo en las ascuas



Poema Mirad Los Locos, Altos Como Ramas de Rafael Morales



Mirad los locos, altos como ramas,
llenos de inmensidad y poderío;
mirad los altos cual soberbias llamas,
amenazando al cielo con su brío.

Como harapos ardientes y violentos
esparcen sus delirios y su anhelo.
Vedlos chocar su pecho con los vientos,
pobres guiñapos locos junto al cielo.

¡Ay, qué locura de abrasado vino
arde en su honda y más profunda vena!
y van raudos, tenaces, sin destino,
hijos del cielo, ciegos en la arena.

Fantasmas de la nada y del coraje,
dioses heridos, bellos, desgarrados,
que llenan de pavor todo el paisaje
con aullidos tremendos y abrasados.

Otras veces tranquilos, misteriosos,
llenos de humilde pena y de grandeza,
se agolpan contra el suelo silenciosos
y reposan en tierra su cabeza.

Si acarician la tierra dulcemente,
sienten allá en su alma enamorada
una mujer que besa tiernamente
su pobre frente loca y desolada.

Cuando su seca, marchitada boca
acercan a la piedra, enamorados,
¡qué soledad tremenda da la roca
a sus nobles sentidos desbordados!

¡Ay, pobres locos del amor, de anhelo,
de la nada simiente y alimento,
mitad tierra sin nadie, mitad cielo,
carne de Dios en la mitad del viento!



Poema María de Ignacio M. Altamirano



Allí en el valle fértil y risueño,
do nace el Lerma y, débil todavía
juega, desnudo de la regia pompa
que lo acompaña hasta la mar bravía;
allí donde se eleva
el viejo Xinantecatl, cuyo aliento,
por millares de siglos inflamado,
al soplo de los vientos se ha apagado,
pero que altivo y majestuoso eleva
su frente que corona eterno hielo
hasta esconderla en el azul del cielo.
Allí donde el favonio murmurante
mece los frutos de oro del manzano
y los rojos racimos del cerezo
y recoge en sus alas vagarosas
la esencia de los nardos y de las rosas.

Allí por vez primera
un extraño temblor desconocido,
de repente, agitado y sorprendido
mi adolescente corazón sintiera.

Turbada fue de la niñez la calma,
no supe que pensar en ese instante
del ardor de mi pecho palpitante
ni de la tierra languidez del alma.

Era el amor: más tímido, inocente,
ráfaga pura del albor naciente,
apenas devaneo
del pensamiento virginal del niño;
no la voraz hoguera del deseo,
sino el risueño lampo del cariño.

Yo la miré una vez -virgen querida,
despertaba cual yo, del sueño blando
de las primeras horas de la vida;
pura azucena que arrojó el destino
de mi existencia el primer camino,
recibían sus pétalos temblando
los ósculos del aura bullidora,
y el tierno cáliz encerraba apenas
el blanco aliento de la tibia aurora.

Cuando en ella fijé larga mirada
de santa adoración, sus negros ojos
de mí apartó; su frente nacarada
se tiño del carmín de los sonrojos;
su seno se agitó por un momento,
y entre sus labios expiró su acento.

Me amó también – Jamás amado había;
como yo, esta inquietud no conocía,
nuestros ojos ardientes se atrajeron
y nuestras almas vírgenes se unieron
con la unión misteriosa que preside
el hado entre las sombras, mudo y ciego,
y de la dicha del vivir decide
para romperla sin clemencia luego.

¡Ay! que esta unión purísima debiera
no turbarse jamás, que así la dicha
tal vez perenne en la existencia fuera:
¿cómo no ser sagrada y duradera
si la niñez entretejió los lazos,
y la animó, divina, entre sus brazos,
la castidad de la pasión primera?

Peor el amor es árbol delicado
que el aire puro de la dicha quiere,
y cuando el dolor el cierzo helado
su frente toca, se doblega y muere.

¿No es verdad? ¿No es verdad, pobre María?
¿por qué tan pronto del pesar sañudo
pudo apartarnos la segur impía?
¿Cómo tan pronto oscurecernos pudo
la negra noche en el nacer del día?

¿Por qué entonces no fuimos más felices?
¿Por qué entonces no fuimos más constantes?
¿Por qué, en el débil corazón, señora,
se hacen eternos siglos los instantes,
desfalleciendo antes
de apurar del dolor la última hora?

¡Pobre María! entonces ignorabas,
y yo también, lo que apellida el mundo
amor… ¡amor! y ciega no pensabas
que es perfidia interés, deleite inmundo
y que tu alma pura y sin mancilla
que amó como los ángeles amaran
con fuego intenso, mas con fe sencilla,
iba a encontrarse sola y sin defensa
de la maldad entre la mar inmensa.

Entonces, en los días inocentes
de nuestro amor, una mirada sola
fue la felicidad, los puros goces
de nuestro corazón… el casto beso,
la tierna y silenciosa confianza,
la fe en el porvenir y la esperanza.

Entonces, en las noches silenciosas,
¡ay! cuántas horas contemplamos juntos
con cariño las pálidas estrellas
en el cielo sin nubes cintilando,
como si en nuestro amor gozaran ellas;
o el resplandor benéfico y amigo
de la callada luna,
de nuestra dicha plácida testigo,
o a las brisas balsámicas y leves
con placer confiamos
nuestros suspiros y palabras breves.

¡Oh! ¿qué mal hace al cielo
este modesto bien, que tras él manda
de la separación al negro duelo,
la frialdad espantosa del olvido
y el amargo sabor del desengaño,
tristes reliquias del amor perdido?

Hoy sabes que es sufrir, pobre María,
y sentiste al presente
el desamor que mezcla su hiel fría
de los placeres en la copa ardiente,
el cansancio, la triste indiferencia,
y hasta el odio que el impío
el antes cielo azul de la existencia
nos convierte en un cóncavo sombrío,
y la duda también, duda maldita
que de acíbar eterno el alma llena,
la enturbia y envenena
y en el caos del mal la precipita.

Muy pronto, si, nos condenó la suerte
a no vernos jamás hasta la muerte;
corrió la primera lágrima encendida
del corazón a la primer herida,
mas pronto se siguió el pesar profundo,
del desdén la sonrisa amenazante
y la mirada de odio chispeante,
terrible reto de venganza al mundo.

Mucho tiempo pasó- Tristes seguimos
el mandato cruel del hado fiero,
contraria sendas recorriendo fuimos,
sin consuelo ni afán… ¿También, señora,
podemos sin rubor mirarnos ora?
¡Ah! ¿qué ha quedado de la virgen bella?
tal vez la seducción marcó su huella
en tu pálida frente ya surcada,
porque contemplo en tus hundidos ojos
señal de llanto y lívida mirada
con el fulgor de acero de la ira.
¡Se marchitaron los claveles rojos
sobre tus labios, ora contraídos
por risa de desdén que desafía
tu bárbaro pesar, pobre María!
Y yo… yo estoy tranquilo:
del dolor las tremendas potestades,
roncas rugieron agitando el alma;
la erupción fue horrible y poderosa…

Pero hoy volvió la calma
que se turbó un momento,
y aunque siento el volcán rugir violento
el fuego dentro de él nunca se atreve
su cubierta a romper de dura nieve

Continuemos, mujer, nuestro camino
¿Dónde parar?… ¿acaso lo sabemos?
¿lo sabemos acaso? que el destino
nos lleve, como ayer: ciegos vaguemos,
ya que ni un faro de esperanza vemos.
Llenos de duda y de pesar marchamos,
marchamos siempre, y a perder nos vamos
¡ay! de la muerte en el océano oscuro.
¿Hay más allá riberas? no es seguro,
quien sabe si las hay; mas si abordamos
a esa riberas torvas y sombrías
y siempre silenciosas,
allí sabré tus quejas dolorosas,
y tú también escucharas las mías.



Poema Maitines de Carmen Sanchez



El sueño parpadea en los ojos.
Frágiles rudimentos de paloma me vuelven al deseo,
a la reminiscencia de tu abrazo.

A esta mañana
atrio del día que aguarda,
municipio del aire,
hora primera.

Loa a esta ciudad sombría y desvelada
en que rostros sin rostro pasan y están soñando.



Poema Mujer de Ariel Montoya



Tu cuerpo
mientras te desnudas
pareciera una guitarra
cubierta de suspiros
palpando en el aire
(herido de tus senos)
inventarios de besos afincados
en la abertura
musical de tu cuello.

Ahora
en esta cama,
en esta nave
victoriosa
en donde nuestros sexos
se entregan
sin reposo y sin vergüenza,
empapados
por la sábana que nos funde
en el sudor
de una sola sangre,
estremecido
por el choque
de nuestras palpitaciones,
es fácil
decirle miserable
a la tristeza
o infame
a la envidia
de quienes nos imaginan.

Esta noche
las estrellas
despiertan en tus manos,
y tus dedos,
velas del deseo,
alumbran
susurros penumbrosos.

Un chisporroteo
de esmeraldas
se desliza
sobre la mediación
de nuestros cuerpos:
son tus ojos
escarbando dulces
la imprevista
derrota del adiós.



Poema Música de Jaime Torres Bodet



Amanecía tu voz
tan perezosa, tan blanda,
como si el día anterior
hubiera
llovido sobre tu alma…

Era, primero, un temblor
confuso del corazón,
una duda de poner
sobre los hielos del agua
el pie
desnudo de la palabra

Después,
iba quedando la flor
de la emoción, enredada
a los hilos de la voz
con esos garfios de escarcha
que el sol
desfleca en cintillos de agua.

Y se apagaba y se iba
poniendo blanca,
hasta dejar traslucir,
como la luna del alba,
la luz
tenue de la madrugada.

Y se apagaba y se iba,
¡ay!, haciendo tan delgada.



Poema Mañana, Mañana de Derek Walcott



Recuerdo las ciudades que nunca he visto
exactamente. Venecia con sus venas de plata, Leningrado
con sus minaretes de toffee retorcido. París. Pronto
los impresionistas obtendrán sol de las sombras.
¡Oh! y las callejas de Hyderabad como una cobra desenroscándose.

Haber amado un horizonte es insularidad;
ciega la visión, limita la experiencia.
El espíritu es voluntarioso, pero la mente es sucia.
La carne se consume a sí misma bajo sábanas espolvoreadas de migas,
ampliando el Weltanschauung con revistas.

Hay un mundo al otro lado de la puerta, pero qué inquietante resulta
encontrarse junto al propio equipaje en un escalón frío cuando el alba
tiñe de rosa los ladrillos, y antes de tener ocasión de lamentarlo,
llega el taxi haciendo sonar una vez la bocina,
deslizándose hasta la acera como un coche fúnebre?y subimos.



Poema Mi Buenos Aires Querido de Jorge Carrol



Por el aire de los ojos me crecen las calles.
Por la congoja de las esquinas nadan mis sueños.
Voy, mi Buenos Aires querido, a putearte desde lejos.
Voy a ocultarte mi berretín por vos.
Voy a cerrar los ojos y verte más linda que nunca.
Me cago en Dios…
y en la calle Corrientes.



Poema Mas Sencilla de Leon Felipe



Más sencilla… más sencilla.
Sin barroquismo,
sin añadidos ni ornamentos.
Que se vean desnudos
los maderos,
desnudos
y decididamente rectos.

«Los brazos en abrazo hacia la tierra,
el mástil disparándose a los cielos.»

Que no haya un solo adorno
que distraiga este gesto…
este equilibrio humano
de los dos mandamientos.
Más sencilla… más sencilla…
haz una cruz sencilla, carpintero.



Poema Marina, Terrestre de Cecilia Bustamante



“…el mundo era mío
en él yo reinaba,
por mí las abejas
alegres zumbaban
y las golondrinas
batían sus alas…”
Longfellow

Terrestre y feliz ?
regresar por el camino
otra vez
por la superficie frágil,
superficie muerta.
Soterrada
la ignorancia perpetua
desea otra vez
discurrir las llanuras ?
pero animales, víboras,
camaleón, lagartija, alacrán.

Voz 2:
Si nunca te agotaras juventud,
si el primer momento como el fin…
Lo mismo diese no entender
la razón primordial.

Voz 3: A la orilla del mar en la existencia
nativa un hombre flota entre algas.

Nadie:
Luces, substancias acumuladas
en su superficie de sal,
las mareas avanzan, descienden,
siempre
el estallido del viento,
cuando las olas resuenan
y se van….



« Página anterior | Página siguiente »


Políticas de Privacidad