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Poema Vas Creciendo Sombra A Sombra… de Homero Aridjis



Vas creciendo sombra a sombra
abril se desvanece en tus cabellos
papeles sin sueño habitan en los parques
el día negro es una estrella acuática

La iluminación tiene alas del camino
en los muros no pesa el aire
el rostro de la noche en la ventana
es un ser dormido que despierta

Hay un tiempo desvelado que te esconde
y un fantasma que te hace recordar

La primavera oficia en secreto
un diálogo de niños
y en el cuenco de tus manos
pueden volar los pájaros

El mundo es gris en tus pupilas
es un cuerpo desnudo
que se apoya en los párpados

Elástica la luz se cumple en otro asombro

Sólo tu voz rompe la bruma

Vas creciendo sombra a sombra



Poema Un Poema De Amor de Homero Aridjis



Cuando hable con el silencio
cuando sólo tenga una cadena
de domingos grises para darte

cuando sólo tenga un lecho vacío
para compartir contigo un deseo
que no se satisface ya con los cuerpos de este mundo

cuando ya no me basten las palabras del castellano
para decirte lo que estoy mirando

cuando esté mudo de voz de ojos y de movimiento

cuando haya arrojado lejos de mí
el miedo a morir de cualquier muerte

cuando ya no tenga tiempo para ser yo
ni ganas de ser aquel que nunca he sido

cuando sólo tenga la eternidad para ofrecerte
una eternidad de voces y de olvido

una eternidad en la que ya no podré verte
ni tocarte ni encelarte ni matarte

cuando a mí mismo ya no me responda
y no tenga día ni cuerpo

entonces seré tuyo
entonces te amaré para siempre.



Poema Tercer Poema De Ausencia de Homero Aridjis



Tú has escondido la luz en alguna parte
y me niegas el retorno,
sé que esta oscuridad no es cierta
porque antes de mis manos volaban las luciérnagas,
y yo te buscaba
y tú eras tú
y éramos unos ojos
en un mismo lecho
y nadie de nosotros pensaba en el eclipse,
pero nos hicimos fríos y conocidos
y la noche se hizo inaccesible
para bajarla juntos.
Tú has escondido la luz en alguna parte,
la has plantado en otros ojos,
porque desde que ya no existes
nada de lo que está junto a mí amanece.



Poema Te Amo Ahí Contra El Muro Destruido de Homero Aridjis



Te amo ahí contra el muro destruido
contra la ciudad y contra el sol y contra el viento
contra lo otro que yo amo y se ha quedado
como un guerrero entrampado en los recuerdos

Te amo contra tus ojos que se apagan
y sufren adentro esta superficie vana
y sospechan venganzas
y muertes por desolación o por fastidio

Te amo más allá de puertas y esquinas
de trenes que se han ido sin llevarnos
de amigos que se hundieron ascendiendo
ventanas periódicas y estrellas

Te amo contra tu alegría y tu regreso
contra el dolor que astilla tus seres más amados
contra lo que puede ser y lo que fuiste
ceremonia nocturna por lugares fantásticos

Te amo contra la noche y el verano
contra la luz y tu semejanza silenciosa
contra el mar y septiembre y los labios que te expresan
contra el humo invencible de los muertos



Poema Sé Que Piensas En Mí… de Homero Aridjis



Sé que piensas en mí
porque los ojos se te van para adentro
y tienes detenida en los labios
una sonrisa que sangra largamente
Pero estás lejos
y lo que piensas
no puede penetrarme
yo te grito Ven
abre mi soledad en dos
y mueve en ella el canto
haz girar este mundo detenido
Yo te digo Ven
déjame nacer sobre la tierra.



Poema Por El Silencio Sigues… de Homero Aridjis



Por el silencio sigues
embriagada y sonámbula

Detrás de los espejos
se desnuda tu nombre

Difusa entre las lámparas
es mortal tu pupila

Naciendo con el día
llevas un luto largo
de vasijas y cuerpos

Tu revelación no cesa nunca
en la noche sin huellas

Al fondo de tu voz que niega
hay otra voz que afirma

Tus dioses desplazados
se recrean sigilosos
en la realidad invisible.



Poema Polvo De Ti En El Suelo Ensimismado… de Homero Aridjis



Polvo de ti en el suelo ensimismado
cuencos de ti hasta el fondo y por arriba
agua de ti me baña las palabras

Cópula de vulnerables y prosigue
números sin salida te denuncian
el sol la tarde el grito son un mismo ojo

Todo es agua en la noche compartida
Me descubro en tu antemuro como cuerpo
Emerges niebla
Yo los dedos adheridos

Mujer preservas el trigo hasta el verano
Aglomeración de luz es la tiniebla
Hay mesura en tus fugas
me desplazo

Eres causal cuando te heredas
estás llena de afecciones y habitada
qué azul sereno agradecida

Antes de hablar ya tengo tu vestigio
claridad de seres
sacramentos tuyos
Déjame buscarte cuando pasas

Esto es el mundo
sumisión de arena
abrazo de cálida penuria
escribir en tus ojos hacia dentro

La mujer sonrisa doble lo ha sabido
Continua y ascendiendo la luz de la fatiga
Te inmensas por el campo
Ya no estás



Poema Poema de Homero Aridjis



Pensabas
que el amor era bueno
y que volabas
en dos cuerpos
que eran el tuyo
y no eran el tuyo
al mismo tiempo

que la tierra era aérea
llena de camas y de puertas
llena de llaves y de ceros

y que la ciudad
con sus charcos y sus perros
eran un cielo sin fin para tu vuelo

pensabas
que tu cuerpo
diferente de su cuerpo
no era tuyo
si te alejabas un instante
de su abrazo
de su sol y de su suelo



Poema Perséfone (fragmento) de Homero Aridjis



Las piezas de ajedrez están sobre el tablero, esperando no sé qué próximo y exacto movimiento, fijas y creadas para impersonales ceremonias, suspendidas en la vigésima jugada ante el inminente derrumbe de las blancas, cuando el rey de albura ya no puede elegir y las negras deciden la maniobra que ha de realizar bellamente el cataclismo.
Las negras han penetrado para siempre la intimidad del monarca enemigo, por la eficaz intriga de un alfil, establecido en un cuadro solitario y apoyado por la mágica L de un caballo, que parece dormir envuelto de sí mismo.
Las blancas ya no tienen defensa, salvo la de precipitarse en un heroísmo erróneo, en una brillantez mortal, que no conseguirá otro esplendor, otra proeza, que la de sucumbir a la mitad de una combinación inoportuna.
Un amanecer de madera asciende gradual de estos derribos, con el espectro plural, invisible y coloreado de príncipes y reyes; un pájaro incorpóreo rompe el silencio en ese árbol, y una música natural parece estar viviendo como materia pura.

Los instantes se suceden, una hora se desgrana aparentando perpepetuarse adentro de un día que sabemos efímero. Una nube se desliza. El ladrido de un perro se adelgaza, se va rápidamente por la calle.

Perséfone levanta las manos, las lleva a su cabello, las devuelve muy lenta a su regazo, y toda palabra al comenzar ya está perdida, pero tiembla.
Perséfone bosteza, mira la desnudez de sus muslos. Muchas sombras separadas forman en el cielo un bestiario gris en gris metamorfosis, con una sensación de bruma, de estación de lluvias, de eclosión de algo, de maravillamiento.
Su regazo palpita, padece y goza flujos y reflujos, como si un deseo intenso la transportara, la aflorara en otros eventos de la sangre.

Brillan las piezas de ajedrez en su inmovilidad de guerreros disecados, dispuestos inmutablemente a ser dirigidos a su milésima muerte aunque sólo han vivido momentáneamente en la bella coherencia del sistema de un hombre.
El rey de albura ya no tiene defensa ni cortesanía, espera en un yermo cuadrado la salvación ilusoria, como si el rigor del tablero tolerara el vano gesto de una pasada imprecisión y, el caballero despreciado en una provincia inútil, pudiera en un solo movimiento volar sobre el abismo de las cuatro eles que, desde hace nueve espejismos lo separan de la postración y la ceniza.

La dama del rey de albura, en el discreto aislamiento de los peones contrarios que desdeñosos la rodean, no puede ni podrá acudir a rescatar el prestigio del reino blanco, precario y humillado, hundido lentamente por la poca humanidad de su estrategia. Mientras los derrotados, siento que recuerdan, cómo cayeron abatidos los últimos alfiles por la incongruencia de sus argumentos.

Perséfone me mira, pero excitada no entiende el por qué la mujer perturba las altas elucubraciones, la médula de una visión extraordinaria, si original y luminosa las enciende. Yo retengo en el aire el vuelo de su mano, rememoro otros vuelos, otras liviandades, otros frutos del cuerpo.
Al tiempo que los instantes se suceden, y una hora titubea pasando, ya casi fenecida, casi fuera de la mañana que de niños soñábamos estable.
Sobre el momento en que recuerdo el paisaje, la sombra y el sonido que provocó la luz en este cuerpo, que ahora se levanta de mi lado con la espalda desnuda y los largos cabellos haciéndome buscar otro recuerdo, en un sitio funeral que ya no es el de nosotros, pero que la memoria guarda, y de pronto hace brillar en una imagen fija irreparable.

Cuando veo sobre la mesa viejos retratos de gentes que existieron, sin entender que lentos pasarían como meras anécdotas, hasta perder fisonomía carácter.
Dejando como acto meritorio un hijo mortal para su descendencia, encapsulado una noche para emerger molesto al aire.

Cuando el silencio arde al borde de la hora titubeante, al borde de calles melancólicas y puertas y ventanas que se abren sin descubrir la vida ni la muerte. Al borde de sombras y seres y arbotantes, que en el recuerdo tendrán el peso de no ser un milagro.



Poema Pero Tú No Te Reconoces Como Mía… de Homero Aridjis



Pero tú no te reconoces como mía
Luces dispersas te saludan como suya

Siempre igual en todas partes
siempre primero a ti mujeres apagadas

A pesar de ciudades y ciudades
de rostros y rostros de semejanza y semejanza

Lo que tocas me niega
Ascensos y descensos no me tienen

Labios y palabras y engaños
son para mí una muerte verdadera

Silencios tan largos como un segundo
caen sobre mí sin conocerte

He creído encontrarte adentro del sonido
Los espejos confunden las imágenes

No amaneces No eres tú
Eres otra Es la noche

Quedas viva inmune
caminando todavía sobre los muertos



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